Tiago Adams: Sexo En La Biblioteca

Llueve. Las gotas caen lentamente por la ventana. Es invierno y hace frío aunque mi cuerpo arde por dentro. Mañana tengo examen de literatura y los apuntes se amontonan sobre la mesa. Mi cabeza se debate entre seguir estudiando a Charles Bukowski o dejarme llevar por la pasión y el incendio que se esconde bajo mis bragas. Finalmente la tentación vence el pulso. Cojo mi teléfono móvil, abro WhatsApp y escribo un mensaje a Pablo. âEstoy en la biblioteca de la universidad, tengo ganas de verteâ. No tarda más de un minuto en contestarme: âMe visto y voy para alláâ. Mi corazón empieza a latir muy fuerte y mi mente se sumerge en un millón de pensamientos obscenos. Recuerdo el otro día en su casa: su cuerpo junto al mío, él desabrochándome despacio los botones de mi camisa, lamiendo con ansias mis pechos, yo cabalgándole al ritmo de los acordes de â~Shine On You Crazy Diamondâ de Pink Floyd, su canción favorita. Nunca nadie me había excitado tanto. Me enciendo aún más.âHolaâ, Pablo interrumpe mis pensamientos. Coge una silla y se sienta en la mesa de al lado. Saca los apuntes de su mochila y los coloca encima. Está tan guapo. Esa camisa ajustada y los calzoncillos asomando por el borde del pantalón vaquero⦠Estoy deseando quitárselos. Ambos intentamos concentrarnos en el estudio sabiendo de sobra que tarde o temprano el éxtasis estallará.Miro de reojo a Pablo. Ãl también me está mirando. Sus ojos me recorren con deseo, de arriba a abajo, deteniéndose en mi escote, deleitándose en mis piernas. Siento un escalofrío en mis partes bajas. De repente algo me roza. Es su mano. Las yemas de sus dedos se posan sobre mi rodilla y suben con sigilo por encima de mis medias. La respiración se agita. Los jadeos se multiplican a medida que su mano se acerca a mi sexo. Siento que voy a explotar. Sus dedos índice y corazón llegan a la altura de mi clítoris y empiezan a acariciarlo lentamente. No puedo más. âPablo tienes que parar, nos van a verâ, le digo. Ãl se levanta de la silla, se gira hacia mí mirándome con deseo y me dice: âVoy al bañoâ. Es toda una declaración de intenciones.Me pongo nerviosa, nunca he hecho nada parecido. Nunca lo he hecho en un lugar público, pero mis ganas de sentirle dentro de mí me pueden. Espero cinco minutos sentada en mi silla, con las piernas temblando y recuperándose de la excitación vivida hace apenas unos segundos.Cuando considero que ha pasado el tiempo suficiente me levanto y me dirijo también hacia al baño. Allí está él esperándome, dispuesto a saborear cada centímetro de mi piel

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